lunes, 19 de enero de 2026

3_EJERCICIO_LALO FERNÁNDEZ

 

La hermana pequeña 

 

Ángel nació cuando faltaban cuatro minutos para que entrara el año 1960. El ginecólogo dijo que, dadas las circunstancias, el nacimiento había sido de los más sencillos que le habían tocado: llegó bien colocado de cabeza, su tamaño y peso (2,589 kilos) ayudaron, y nada más salir tomó posesión del mundo llorando como un descosido. Para la madre, lo dijo después a todo aquel que quiso escucharla, no fue tan sencillo, ni mucho menos. Sobre todo porque después de que Ángel saliera, todavía estuvo empujando, sudando e insultando a todo lo que se movía en aquel pequeño quirófano.

Luisa decidió salir exactamente cinco minutos después, ya entrado el año; la diferencia los marcaría toda su vida.

Los cinco minutos aquellos de 1960 quedan ya muy lejos; 61 años han pasado y dos siglos han dado un salto. La infancia de los dos hermanos van a dar para un libro extenso, pero ese no se publicaría hasta después de cuatro décadas, mañana mismo para ser exactos.

Ángel pasó su infancia y adolescencia al lado de Luisa (más bien a la viceversa), juntos fueron, primero a la escuela pública y luego al instituto de Bachillerato de aquella pequeña gran ciudad y juntos llegaron a la Universidad, aunque solo se quedó él. Ella, siempre la y siempre menor, tuvo que volver con sus padres a la ciudad, ya se dijo que pequeña, por tamaño, y grande por historia.

En los siguientes cinco años, Ángel cumplió brillantemente con lo que se esperaba de él, y antes de abandonar el colegio mayor metió su título de licenciado en Historia Contemporánea en la misma caja y en ella amontonó cuatro manuscritos de novelas y otros dos de poesía.

Durante ese tiempo Luisa también había cumplido tal y como se esperaba de ella. A ella le tocó ir a la estación a recogerlo en compañía de sus dos hijos. El marido no, que en aquellos días debía estar cruzando por el cabo de Hornos a bordo del Hércules” camino de la refinería de A Coruña. En el cajón inferior de aquella cómoda que su madre le había regalado, también se amontonaban unos manuscritos, doce en total, con otros tantos relatos, todos inacabados, algunos apenas empezados.

Ángel paró poco en la casa de la pequeña ciudad que, ya lo dije, también era grande: el tiempo de almacenar en la habitación de adolescente su vida anterior, al lado de las camisas y los jerseys de cuello alto, recuperar la buena cara que le exigió su madre a base de guisos, entrecotes y esas croquetas tan ricas, y despedirse de los amigos que le quedaban. En solo un mes pudo disponer del piso en la capital, que le gestionó su padre, y allá se fue, con una maleta pequeña llena de algo de ropa para ese verano, y la caja, claro, la caja con los cuatro manuscritos.

El resto es bien conocido. Los cuatro manuscritos se transformaron en cuatro libros de gama alta (ya se sabe: tapa dura, encuadernación en pliegos cosidos con cabezadas, guardas en color y hasta cinta marcapáginas, una frivolidad que ya siempre exigió a su editor). El primero, como es natural, tardó un poco más en arrancar porque el autor era un desconocido, pero la calidad de la literatura que contenía, lo bien que él la supo vender, y el buen trabajo publicitario de la editorial, llevaron aquellos cuatro libros a sustituirse en el primer puesto de las listas de ventas en librerías y grandes almacenes; allí estuvieron puntuales, cada uno en años sucesivos, de Navidad a Navidad, siempre alabados por la crítica y sobre todo avalados por las ventas.

Las presentaciones de los libros que siguieron no fueron tan frenéticas, pero ya nunca perdió su espacio fijo de al menos dos profundas entrevistas cada dos o tres años, dependiendo de su ritmo productivo, en El País, La Vanguardia y el Abc, además de las invitaciones televisivas a coloquios y espacios monográficos sobre su obra, que crecía en los manuales de literatura con la misma ávida velocidad que sus cuentas corrientes, premios tanto literarios como sociales, y hasta cargos de esos que obligan a tratar al propietario de excelentísimo.

Lo dijo el crítico: «Su prosa siempre ha sido admirada por ser precisa y evocadora, explora temas complejos como la desilusión, el amor y la pérdida con una gran profundidad emocional; en él destaca la autenticidad, la emoción contenida y la maestría narrativa de sus historias. Su influencia literaria es innegable, y, desde sus primeras obras, cada una que publica pasa a ser un clásico». ¿Quién podría, ante tanta brillantez pública, a atreverse a cuestionarle la conflictiva vida privada que ha practicado desde la lejanía temporal en que se fue de su pequeña gran ciudad.

Como estas líneas son solo pertenecen al prólogo de otro libro, uno que Ángel Sucasas solo lo ha vivido, se me excusarán más panegíricos de esta gloria de las letras españolas que ha llenado, merecidamente hay que decir, los últimos años del siglo pasado y los ya veintiuno que van de este.

En los primeros párrafos se quedó Luisa Sucasas, la hermana cinco minutos menor, con sus dos hijos, pero ahora, cuarenta años después, son cinco los que tiene, todos fuera de casa, además de siete nietos; a cambio dejó ya muy atrás a su marido, nunca se supo bien si en el fondo del Atlántico sur o en del Índico, y ahora el tiempo, todo el tiempo, lo tiene en sus manos.

En aquellos bocetos iniciales que nunca se atrevió a sacar de la cómoda no se volvió a escribir ni una palabra (los hijos, la tragedia, los nietos…), pero en los últimos seis se ha levantado con el sol, ansiosa por retomar el relato de los Sucasas, la pequeña y cotidiana historia de una familia en la que el descomunal tamaño del hermano cinco minutos mayor ha oscurecido con su dorado lienzo de éxito la vida de todos los demás.

La primera edición del libro está impresa decenas de miles de ejemplares en una millonaria apuesta editorial, ya depositados en centenares de puntos de venta apoyados por anuncios en televisiónde un título que llenará el mundo literario de este año y que sin duda dará un impulso notable a la prometedora carrera literaria de la autora.

Luisa, la hermana menor, puso el punto final a su historia hace siete meses; ante las vidas tan densas que cuenta y los detalles que describe, apenas le han sobrado dos docenas de páginas del millar que el editor le prohibió sobrepasar; obvias cuestiones comerciales, le dijo. Desde entonces nadie ha conseguido que cambie un solo verbo, ni un solo sustantivo, ni siquiera una sola coma del relato. Luisa ha desoído tajante el empeño de su hermano en que elimine, o al menos modifique, 36 párrafos; nada menos. Algunos, desvelados por la editorial para crear expectación, han abierto las secciones de Cultura y Economía de la prensa, y se dice que la Fiscalía los está coleccionando. En cambio, nadie ha pedido a Luisa que cambie los adjetivos calificativos. El libro que ha escrito sobre Ángel Sucasas, su hermano mayor, mito literario del siglo XXI, no contiene ninguno.

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