La hermana pequeña
Ángel nació cuando faltaban cuatro minutos
para que entrara el año 1960. El ginecólogo dijo que, dadas las circunstancias,
el nacimiento había sido de los más sencillos que le habían tocado: llegó bien
colocado de cabeza, su tamaño y peso (2,589 kilos) ayudaron, y nada más salir
tomó posesión del mundo llorando como un descosido. Para la madre, lo dijo
después a todo aquel que quiso escucharla, no fue tan sencillo, ni mucho
menos. Sobre todo porque después de que Ángel saliera, todavía estuvo
empujando, sudando e insultando a todo lo que se movía en aquel pequeño quirófano.
Luisa decidió salir
exactamente cinco minutos después, ya entrado el año; la diferencia los marcaría
toda su vida.
Los cinco minutos
aquellos de 1960 quedan ya muy lejos; 61 años han pasado y dos siglos han dado
un salto. La infancia de los dos hermanos van a dar para un libro extenso, pero
ese no se publicaría hasta después de cuatro décadas, mañana mismo para ser exactos.
Ángel pasó su
infancia y adolescencia al lado de Luisa (más bien a la viceversa), juntos
fueron, primero a la escuela pública y luego al instituto de Bachillerato de
aquella pequeña gran ciudad y juntos llegaron a la Universidad, aunque solo se
quedó él. Ella, siempre la y siempre menor, tuvo que volver con sus padres a la
ciudad, ya se dijo que pequeña, por tamaño, y grande por historia.
En los siguientes
cinco años, Ángel cumplió brillantemente con lo que se esperaba de él, y antes de
abandonar el colegio mayor metió su título de licenciado en Historia Contemporánea
en la misma caja y en ella amontonó cuatro manuscritos de novelas y otros dos
de poesía.
Durante ese tiempo
Luisa también había cumplido
tal y como se esperaba de ella. A ella le tocó ir a la estación a recogerlo en
compañía de sus dos hijos. El marido no, que en aquellos días debía estar
cruzando por el cabo de Hornos a bordo del “Hércules” camino de la refinería de A Coruña. En el cajón inferior
de aquella cómoda que su madre le había regalado, también se amontonaban unos
manuscritos, doce en total, con otros tantos relatos, todos inacabados, algunos
apenas empezados.
Ángel paró poco en
la casa de la pequeña ciudad que, ya lo dije, también era grande: el tiempo
de almacenar en la habitación de adolescente su vida anterior, al lado de las
camisas y los jerseys de cuello alto, recuperar la buena cara que le exigió su
madre a base de guisos, entrecotes y esas croquetas tan ricas, y despedirse de
los amigos que le quedaban. En solo un mes pudo disponer del piso en la
capital, que le gestionó su padre, y allá se fue, con una maleta pequeña llena
de algo de ropa para ese verano, y la caja, claro, la caja con los cuatro
manuscritos.
El resto es bien
conocido. Los cuatro manuscritos se transformaron en cuatro libros de gama alta
(ya se sabe: tapa dura, encuadernación en pliegos cosidos con cabezadas,
guardas en color y hasta cinta marcapáginas, una frivolidad que ya siempre
exigió a su editor). El primero, como es natural, tardó un poco más en arrancar
porque el autor era un desconocido, pero la calidad de la literatura que contenía,
lo bien que él la supo vender, y el buen trabajo publicitario de la editorial,
llevaron aquellos cuatro libros a sustituirse en el primer puesto de las listas
de ventas en librerías y grandes almacenes; allí estuvieron puntuales, cada uno
en años sucesivos, de Navidad a Navidad, siempre alabados por la crítica y
sobre todo avalados por las ventas.
Las presentaciones
de los libros que siguieron no fueron tan frenéticas, pero ya nunca
perdió su espacio fijo de al menos dos profundas entrevistas cada dos o tres
años, dependiendo de su ritmo productivo, en El País, La Vanguardia y el Abc,
además de las invitaciones televisivas a coloquios y espacios monográficos
sobre su obra, que crecía en los manuales de literatura con la misma ávida
velocidad que sus cuentas corrientes, premios tanto literarios como sociales, y
hasta cargos de esos que obligan a tratar al propietario de excelentísimo.
Lo dijo el crítico: «Su prosa siempre ha
sido admirada por ser precisa y evocadora, explora temas complejos como la
desilusión, el amor y la pérdida con una gran profundidad emocional; en él destaca la
autenticidad, la emoción contenida y la maestría narrativa de sus historias. Su
influencia literaria es innegable, y, desde sus primeras obras, cada una que
publica pasa a ser un clásico». ¿Quién podría, ante
tanta brillantez pública, a atreverse a cuestionarle la conflictiva vida
privada que ha practicado desde la lejanía temporal en que se fue de su pequeña
gran ciudad.
Como estas líneas
son solo pertenecen al prólogo de otro libro, uno que Ángel Sucasas solo lo ha
vivido, se me excusarán más panegíricos de esta gloria de las letras españolas
que ha llenado, merecidamente hay que decir, los últimos años del siglo
pasado y los ya veintiuno que van de este.
En los primeros párrafos
se quedó Luisa Sucasas, la hermana cinco minutos menor, con sus dos hijos, pero
ahora, cuarenta años después, son cinco los que tiene, todos fuera de casa, además de siete
nietos; a cambio dejó ya muy atrás a su marido, nunca se supo bien si en el
fondo del Atlántico sur o en del Índico, y ahora el tiempo, todo el tiempo, lo
tiene en sus manos.
En aquellos bocetos
iniciales que nunca se atrevió a sacar de la cómoda no se volvió a escribir ni
una palabra (los hijos, la tragedia, los nietos…), pero en los últimos seis se
ha levantado con el sol, ansiosa por retomar el relato de los Sucasas, la
pequeña y cotidiana historia de una familia en la que el descomunal tamaño del
hermano cinco minutos mayor ha oscurecido con su dorado lienzo de éxito la vida de
todos los demás.
La primera edición
del libro está impresa —decenas
de miles de ejemplares en una millonaria apuesta editorial, ya depositados en
centenares de puntos de venta apoyados por anuncios en televisión— de un título
que llenará el mundo literario de este año y que sin duda dará un impulso
notable a la prometedora carrera literaria de la autora.
Luisa, la hermana
menor, puso el punto final a su historia hace siete meses; ante las vidas tan
densas que cuenta y los detalles que describe, apenas le han sobrado dos
docenas de páginas del millar que el editor le prohibió sobrepasar; obvias
cuestiones comerciales, le dijo. Desde entonces nadie ha conseguido que cambie
un solo verbo, ni un solo sustantivo, ni siquiera una sola coma del relato.
Luisa ha desoído tajante el empeño de su hermano en que elimine, o al menos
modifique, 36 párrafos; nada menos. Algunos, desvelados por la editorial para
crear expectación, han abierto las secciones de Cultura y Economía de la
prensa, y se dice que la Fiscalía los está coleccionando. En cambio, nadie ha
pedido a Luisa que cambie los adjetivos calificativos. El libro que ha escrito
sobre Ángel Sucasas, su hermano mayor, mito literario del siglo XXI, no
contiene ninguno.
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