Francisca
Martín Martín nació en Manilva, provincia de Málaga en 1959 en el seno de
una familia humilde dedicada a la
agricultura.
Fue
su abuelo, la persona que le trasmitió su amor por los libros. Había nacido en
Casares y aunque apenas había asistido a
la Escuela, había conocido la Biblioteca
Popular de Casares, desarrollada bajo el influjo de las Misiones Pedagógicas itinerantes que
recorrieron la Provincia de Málaga durante los años 1934 y 1935.
En la
casa de Francisca no había libros y sus padres apenas sabían leer y escribir,
pero tanto su abuelo como su madre y sus tías tenían una gran capacidad para
narrar los sucesos familiares,
presentándolos como autenticas aventuras. Las tardes de invierno y las noches
de verano, sin televisión ni otras distracciones, se ocupaban en largas
narraciones, donde se alternaban las voces de los diferentes narradores.
Gracias
a su brillante expediente académico pudo acceder a una de las Becas Salario que
el Ministerio de Educación concedía a
los alumnos capaces pero sin medidos económicos, lo que le permitió
matricularse en la Facultad de Filosófica y Letras de Málaga, donde obtuvo unas
excelentes calificaciones.
Tras
la oportunas oposiciones se ha dedicado a dar clases de Lengua y Literatura en
diversos Centros Educativos de Enseñanzas Medias.
Ha
publicado un pequeño poemario y dos libros de relatos cortos.
Los
relatos, están escritos en un estilo sencillo, intimista, describen hechos
cotidianos, personajes próximos que resuenan en la memoria y nos acercan al
terreno rural de origen de la autora.
“ La niña sabía que había noches mágicas. Noches de verano en
las que los mayores se dejaban llevar por el hilo de sus conversaciones,
abandonadas las interminables tareas cotidianas mientras tomaban juntos el
fresco (tomaban el fresco como tomaban café o unas uvas en aguardiente) y se
olvidaban de mandarla a la cama.
Ella se quedaba un poco atrás, quieta, invisibilizada para no
llamar la atención, toda oídos de las historias que se estaban contando.
- Le ha pasado lo que a mi tía María con su hija Josefita
- Uy!, no se de quien me hablas.
- Si mujer, la que se casó con uno de Casares y monto el bar
de la carretera.
- ¡Ah, ya !, ese bar funciono muy bien, iba mucha gente por
el día
- Y por la noche
-Ya
- Pues eso, lo mismo
Por
lo que no se decía, la niña sabía que era un historia interesante. Cuantas
menos palabras, más interés. Solo había que esperar, como los pescadores de
caña allá abajo ,en la playa de Sabinillas, a la que iban algún domingo, entre
la Virgen del Carmen y la Virgen de Agosto. Esperar completamente inmóvil.
Su
madre, sus dos tías, la vecina de toda la vida y su abuelo, callado y siempre
vigilante, sentados en las sillas a la puerta de la casa.
Su
padre y sus tíos de pie, en un corro un poco apartado, fumando tabaco de liar,
mirando el horizonte, olisqueando el viento para adivinar el calor del día
siguiente...”
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