martes, 27 de enero de 2026

3_EJERCICIO_GRACIA MATAS

 Nacida en una familia pobre, rozando la miseria. Hija de Antonia, cuando pasaba los 40, y de Juan, un año mayor que su esposa. Candela llegó a esta España convulsa un 7 de febrero de 1938. No tuvo hermanos, quizá por la edad de sus progenitores, quizá por la situación. 

 Antonia y Juan se ganaban la vida trabajando de jornaleros, se desplazaban allí donde conseguían trabajo para los dos. Los primeros meses de Candela transcurrieron en un canasto acompañando a sus padres en sus tareas de campo, que unas veces era recoger aceitunas, almendras… y otras muchas, tareas de labranza y sembrado.

Candela sintió una devoción por el dibujo desde muy pequeña. Se pasaba las horas haciendo garabatos con un palo en la tierra que luego borraba con las manos. 

Con 4 años ya se distinguían flores y pájaros en sus dibujos.  

Fue perfeccionando la técnica y pintaba con yeso en cada lugar que admitía el contraste. Conseguía estas piedras en el camino de la cantera y las atesoraba en una caja de madera. 

No pudo ir al colegio ya que las circunstancias no se lo permitieron. Empezó a trabajar de niña guardando pavos en un cortijo donde sus padres encontraron un poco de estabilidad. Se asentaron en una aldea cerca de Iznájar.  

A pesar de no ir a la escuela, sus padres recibían en casa a un maestro que, a cambio de comida, le daba clases a Candela. Fue así como aprendió a leer, escribir y las cuatro operaciones matemáticas.

Su amor por el dibujo no fue a menos, muy al contrario, cada rato que tenía y cada papel que pillaba lo llenaba con sus paisajes montañosos, bosques de álamos, cerezos en flor o con fruta, gallinas, perros, mulos, patos…. Y todo aquel mundo que la rodeaba. 

Con 14 años, y ya con utensilios de pintura menos arcaicos, se atrevió a dibujar personas. Primero dibujó a su amiga Carmen en tonos ocre. Tenía un sentido especial para captar las miradas. Se atrevió con fotografías familiares. 

Tanto empeño le ponía le ponía a sus dibujos, que muchas veces terminaba frustrada por los resultados. Eso no impedía que volviera a intentarlo una y otra vez. (borrar…. Borrar… borrar…). 

Con 19 años conoce a Jacinto y con 21 ya tiene un bebé, Antonio, que será el primero de los ocho hijos que tuvo a lo largo de su vida. 

La maternidad no le permitía dedicarse a su gran pasión. Durante más de veinte años su vida transcurrió entre bebés, niños, adolescentes y casi adultos, bregando con todas las etapas de la juventud, llevando una casa con una familia más que numerosa y atendiendo a su matrimonio. 

Sentía que se le escapaba la vida y no hacía lo que realmente le alimentaba el alma. 

Se planteó muchas veces retomar sus dibujos, pero era tal el agotamiento físico y mental que, apenas en ese tiempo, realizó algunos retratos de sus hijos en solitario y alguno de la familia al completo.

Aún así, tenía un arcón lleno de blocs de pintura y lienzos sueltos. 

Ya rozando los 50 se apuntó a la escuela de mayores. Allí conoció a Camila, su profesora. Entablaron una bonita amistad a pesar de la diferencia de edad, Camila tenía 31, podría ser su hija. 

A Camila le gustaba escribir relatos. No había publicado porque eso no era fácil, pero tenía la esperanza de que algún día sus cuentos fueran leídos. 

Cuando conoció la afición de Candela organizó una exposición de dibujo en el aula, aprovechando la Semana Cultural. Quedó maravillada con la sensibilidad de los dibujos de su amiga. Se embarcaron ambas en un proyecto en el que Candela ilustraba los relatos de Camila, una sucesión de relatos cortos en los que se ponían de manifiesto las carencias de la época, los sentimientos escondidos, los dolores enterrados y el miedo a no pasar desapercibida. 

Se presentaron a varios concursos pero no terminaban de encontrar un hueco en un país que ya gozaba de 14 años de democracia. No importaba, ya que estaban disfrutando tanto del recorrido, que llegar a la meta (publicar) no era más que otro paso, y que si no llegaba, no podría ensombrecer las horas de disfrute compartidas. 

Cinco años más tardaron en recibir, por fin, un merecido reconocimiento. En 1998, uno de sus trabajos “La tierra de mi madre” fue galardonada con el Premio Nacional de Ilustración Edelvives”. Su primera publicación y el impulso para dedicar más tiempo a su gran pasión. 

A sus 87 años, Candela sigue tomando el lápiz para plasmar todo aquello que su cansada vista le permite. 

A día de hoy han publicado quince trabajos más que han tenido una buena acogida entre los lectores.

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